NUTRICIÓN EVOLUTIVA I – La evolución de nuestra dieta 

 noviembre 15, 2016

By  Irene

Nutrición evolutiva… ¿es lo mismo que dieta paleo?


«No estamos adaptados a comer cereales»
«Somos monos del paleolítico sacados de su entorno natural»
«No hemos evolucionado desde la revolución agrícola»

¿Quién no conoce a la dieta paleo?

Bueno… para los recién llegados, esta es la idea: la humanidad como género (Homo) ha existido desde hace al menos 2 millones de años. Nos hemos adaptado a la caza, la comida real y las inclemencias del tiempo y la naturaleza. Pero hace tan sólo 10.000 años, la invención de la agricultura supuso un cambio radical en nuestro estilo de vida. Es por eso que sufrimos esta pandemia de obesidad, porque no estamos adaptados al sedentarismo y a los alimentos de la vida moderna. La dieta ideal es entonces una dieta basada en la de nuestros ancestros: rica en verduras y frutas, carne, pescado, tubérculos y semillas, sin cereales (propios del neolítico), productos procesados y, dependiendo de quién te lo cuente, tampoco lácteos ni legumbres.

Oye, pues no suena tan mal… ¿no? eso de la coherencia evolutiva mola.

Vayamos más a fondo…

Este “movimiento paleo” surgió a raíz de las primeras publicaciones científicas sobre nutrición evolutiva, como el destacado artículo Paleolithic Nutrition (Eaton y Konner, 1985); o el libro de Loren Cordain  The Paleo Diet, que lo convirtió en algo así como un “Mesías paleo”. Desde entonces, esta idea no ha parado de mostrar resultados prometedores: varios estudios alertan de que el desajuste entre nuestro estilo de vida actual y ancestral puede estar detrás de muchas enfermedades modernas (diabetes, enfermedades metabólicas, neurodegenerativas, cardiovasculares, autoinmunes, alergias y cáncer).

 

Por citar solo algunos:

  • Origins and evolution of the western diet: health implications of the 21st century (Cordain, 2005)
  • Diet, evolution and aging–the pathophysiologic effects of the post-agricultural inversion of the potassium-to-sodium and base-to-chloride ratios in the human diet. (Frasseto, 2001)
  • Hunter-gatherer Nutrition and Its Implications for Modern Societies (Kious, 2002)
  • Physical activity, energy expenditure and fitness: An evolutionary perspective (Cordain, 1998)
  • Paleolithic review for metabolic syndrome: systematic review and meta-analysis (Manheimer, 2015)

No obstante, esta idea tan prometedora es muy a menudo mitificada por la comunidad paleo. Tenemos gurús predicando sobre alimentos permitidos y no permitidos, y que condenan un plato de guisantes pero alaban bizcochos y pizzas paleo por llevar «ingredientes permitidos».

 
guisantes no paleo

Creo que es importante saber distinguir entre este tipo de propaganda y el verdadero debate científico que hay detrás.

Utilizar nuestro pasado evolutivo como argumento suficiente para afirmar que hay alimentos paleo y no paleo es una visión muy reduccionista. La realidad es «un poquito» más compleja.

En primer lugar, para definir nuestra dieta evolutiva: ¿hasta cuándo nos remontamos? ¿Qué punto de nuestra historia vamos a considerar como el ideal al que estamos adaptados? ¿Justo antes de la revolución neolítica? ¿Quizás más atrás, cuando surgieron los primeros homínidos? ¿O es alguna fecha intermedia? Ya que muchos de los paleo-seguidores responderéis con un “justo antes del Neolítico, por supuesto”, me surgen otras preguntas. Teniendo en cuenta la gran variedad de dietas que hubo (y sigue habiendo) según la zona, el clima, la cultura de cada población… ¿con cuál nos quedamos de todas ellas?

En segundo lugar: ¿de verdad no hemos evolucionado nada durante estos últimos 10.000 años? ¿cuál es la «tasa de evolución» del ser humano? ¿es posible que los cambios en nuestra cultura tengan como resultado cambios en nuestra genética?

Ya que podría extenderme varias entradas hablando de cada punto… voy a hacer precisamente eso (jaja!). Así que, para empezar, démosle un repaso a la evolución de la dieta humana:

 

La evolución de nuestra dieta 


Desde la aparición de los primeros homínidos en África, hace unos 6-7 Ma, hemos sufrido muchos cambios en nuestra dieta que nos han permitido evolucionar de la forma en la que lo hemos hecho. Es más, el tremendo desarrollo de nuestro cerebro no habría sido posible sin esta “revolución” dietética. Veamos estos cambios:

 

Los primeros homínidos

Nada muy interesante por aquél entonces. Éramos bichos de aspecto simiesco y todavía muy apegados a los árboles, con una alimentación a base de frutas y hojas. Éramos frugívoros.

 

Australopithecus

Aparecen hace 4 Ma,  ya completamente bípedos. En este momento, el cambio climático empieza a secar los bosques y a dar paso a praderas y sabanas. Esto aumentó la cantidad de plantas C4 en el entorno, así que ¿por qué no? empezamos a comerlas. Hojas, tallos, semillas y tubérculos. Nuestras dentaduras y mandíbulas eran muy robustas y nos permitían comer esos vegetales duros y fibrosos de baja calidad (sí, como las vacas). Pero no sólo comíamos vegetales. Por primera vez, empezamos a introducir animalillos como artrópodos (sobre todo termitas), huevos de aves, roedores y hasta lagartos, aunque su consumo era más esporádico, limitado a las estaciones secas.

 

Homo hábilis

Hace unos 2.4 Ma, irrumpe en el escenario el primero de nuestro género Homo. La aridez es mayor, la vegetación escasea y la comida ya no nos crece en el árbol de al lado, por lo que nos vemos obligados a cazar y recorrer largas distancias en busca de alimento. Abundan sin embargo las plantas C4, y con ello los mamíferos de pasto como antílopes y gacelas. Aumentamos entonces la ingesta de alimentos de origen animal provenientes de la caza o carroña. Nuestras mandíbulas se hicieron más pequeñas y delicadas, y la enorme musculatura que apretujaba nuestro cerebro dejó de ser necesaria. ¿Cómo? ¿Musculatura apretujando cerebros? efectivamente, estar masticando todo el día tiene su precio (mira sino la figura 1, más abajo); y, en nuestro caso, parece que aflojar nuestra musculatura mandibular permitió el aumento de la capacidad craneal (Hansell, 2004. Más información en español en Página 12).

 

Homo herectus

Durante todo este tiempo nuestra historia se desarrolla exclusivamente en África. No fue hasta hace 1,2 Ma cuando comenzamos a emigrar por primera vez: aparece Homo erectus. Esta especie más grande y robusta se desplazaba a menudo en busca de nuevos territorios de caza. En este punto, la tendencia -ya existente- a aumentar nuestro volumen cerebral se dispara.

 

Figura 1. Vistas occipital, superior y oblicua de los cráneos de M. fascicularis (a-c), G. golira (d-f) y H. sapiens (g-i). Fosas temporales y arco cigomático resaltados en rojo (sitios de inserción de los músculos mandibulares). Una menor musculatura necesita una menor inserción en el cráneo y deja espacio para su crecimiento. Imagen: artículo de Hansel (2004).

Figura 2. Gráfica que muestra el aumento de la capacidad craneal (cm3) a lo largo de la evolución (Escala temporal en Millones de Años). Nótese el aumento de la velocidad a partir de los 2 Ma AEC con la aparición de Homo erectus. © 2001 Muséum d’Aix-en-Provence.

Quizás por la necesidad de una mayor habilidad para la caza (útiles líticos, coordinación grupal), o de manejar relaciones sociales más complejas (vida en comunidades, desarrollo del lenguaje, primeras economías cazadoras-recolectoras). Sea cual sea la causa, esta mayor capacidad cerebral fue todo un éxito para nuestra especie.

Pero la calidad se paga a buen precio: el cerebro es el órgano que más energía gasta con diferencia. ¿Cómo pudimos mantener semejante aumento?

 

Claves de nuestra primera revolución dietética:

1. Un intestino más carnívoro: el aumento del cerebro pudo compensarse con la reducción del sistema digestivo. Esto ahorra una gran cantidad de energía al no tener digestiones tan largas y costosas, pero nos deja con un intestino más corto en el que los vegetales más fibrosos no tienen tiempo de ser digeridos. ¿Solución? pasar de la fibra y cazar más. Los alimentos de origen animal son más energéticos y de fácil digestión. En resumen, un mejor aprovechamiento de la energía (Hipótesis del tejido costoso, Aiello y Wheeler, 1995). En esta imagen puedes ver cómo el sistema digestivo de un carnívoro es mucho más pequeño que el de un herbívoro. Adivina a cuál se parece más el nuestro!

2. La cocina: Cocer los alimentos no sólo los hace más blandos sino más biodisponibles. Podríamos considerarlo como un proceso de “predigestión”, donde ahorramos trabajo a nuestro sistema digestivo y aprovechamos más los nutrientes del cocido. (Carmody y Wrangham, 2009Rachel, 2011).

3. Útiles líticos: además de facilitarnos el esfuerzo que supone cazar y despiezar a las presas, su perfeccionamiento nos permitió acceder a tejidos de gran valor nutritivo como el tuétano. De nuevo, más energía con menos esfuerzo.

Omnívoros, la variabilidad en la dieta


Homo sapiens: la agricultura

Y llegamos nosotros, Homo sapiens, 200.000 años AEC.

Una nueva invención, la agricultura, nos permite pasar de un estilo de vida cazador-recolector a tener los primeros asentamientos estables hace unos 12.000 años. La ingesta de carbohidratos se dispara y seguimos con nuestro estilo ahorrador: la agricultura nos da mayor producción en la puerta de casa. En este caso, la ventaja directa fue un tremendo aumento de la población… colonizamos el planeta de arriba abajo.

Pero esta historia no es tan simple como se suele contar. Esta visión se olvida de que el estilo de vida era muy variable entre distintas poblaciones, según el clima, alimentos disponibles en la región, cultura, etc. Desde mucho antes del Neolítico, nuestra expansión por el mundo nos permitió adaptarnos a una gran variedad de alimentos -¡Somos omnívoros!-, con diferentes dietas según la región. La selección natural nos ha dotado con una excelente adaptabilidad nutricional (Turner, 2013).

Por otra parte, el cambio hacia la agricultura no fue ni mucho menos brusco (Pringle, 1998). Muchas poblaciones siguieron manteniendo una gran actividad cazadora-recolectora incluso miles de años después de sus primeros cultivos, antes de que pasasen a formar la base de su alimentación. Desarrollamos así adaptaciones como la tolerancia a la lactosa en poblaciones ganaderas y la presencia de amilasa salival para digerir los hidratos (lo veremos en la
segunda entrada
).

 

Homo sapiens: la industria

Ahora sí que la hemos liado… de nuevo, llevamos la tendencia “más energía con menos esfuerzo” al extremo.

El consumo de hidratos es básicamente el mismo, con una diferencia fundamental: su procedencia. Las sociedades pre-agricultoras consumían una gran variedad de plantas de alto valor nutricional, e incluso los primeros agricultores siguieron recolectando y complementando su dieta con alimentos de calidad, como pescados, mariscos y carnes de pasto. Ahora basamos la dieta en unas pocas especies de plantas: los cereales, ricos en energía y pobres en nutrientes; con el trigo, maíz y arroz ocupando tres cuartas partes del total (Ram et al., 2013).

En cuanto a los alimentos de origen animal, el perfil lipídico de animales encerrados y cebados a piensos y hormonas dista mucho del de un animal salvaje. Resumiendo, durante estos últimos 100-160 años, hemos aumentado el consumo de productos procesados, azucares, hidratos simples y grasas trans, vacíos de nutrientes. Si a esto le sumamos que la actividad física en sociedades industrializadas es mínima en comparación con los agricultores y ganaderos tradicionales, tenemos el cóctel perfecto.

Bienvenidos a la epidemia de la obesidad y demás enfermedades modernas.

La culpa: ¿Los cereales? ¿El gluten? ¿Los hidratos y las grasas? ¿Los anti-nutrientes y saponinas?

nutrición evolutiva - quién es el culpable?

Ahí te dejo con el gusanillo… y nos vemos en el siguiente post! 
Nutrición evolutiva II.

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